Letras del Mar.Com Viernes, 30 de julio de 2010
pagina anteriorpagina principalcontactar

La Mar en el pentagrama

Manuel Maestro
Presidente de
“Letras del Mar”



“El mar y el cielo
se ven igual de azules,
en la distancia parece que se unen...”.
“Bolero”



A muchos de los que vivimos tierra adentro, y no pudimos responder a su llamada, la añoranza de la mar nos persigue de continuo. Y para mitigarla nos valemos de la lectura, el cine, el coleccionismo de objetos con evocaciones marineras, y la contemplación de obras de arte representando escenas relacionadas con el océano, los barcos y la vida a bordo, que son un buen lenitivo para calmar ésa morriña. La música, arte que representa lo ideal a través del sonido, también es capaz de acercarnos a la orilla de la playa para escuchar el batir tranquilo de las olas, deleitarnos con la imagen del emigrante que se despide de su amada cantando una copla desde la popa de un navío, emocionarnos con los sones de una marcha evocando a una fragata llegando a su base, o sobrecogernos con el furor de una tempestad descrita en la partitura de una sinfonía.

La presencia augusta del mar, y el tan amplio como heterogéneo mundo que lo rodea, han creado en el hombre complejos sentimientos que desde tiempos remotos ha transmitido a sus semejantes. Valiéndose primero de dos instrumentos, uno de viento y otro de percusión, proporcionados por la propia naturaleza: la voz y sus manos; e inventando posteriormente sofisticadas herramientas, sistemas de aprendizaje y aparatos reproductores de sonido que, con mayor fidelidad y detalle, nos permiten imaginar la inmensidad del piélago, los barcos montados sobre sus olas y a los marinos dirigiéndolos a buen puerto. Sinfonías, óperas, zarzuelas, valses, marchas e himnos marciales, coplas, tangos, salsa, músicas y canciones de lo mas heterogéneo, desde lo más selecto a lo puramente popular, han tenido, tienen y tendrán a la mar presente en las notas vertidas por sus autores sobre las cinco líneas del pentagrama. De todo ello, como si éstas páginas fuesen una sucesión de partituras músicales, vamos a elaborar un potpurrí de melodías que nos acerquen al objeto de nuestro anhelo.

LA MAR EN LA MÚSICA CON MAYÚSCULA

La ópera, representación musical que combina sorprendentes escenas de masas, en las que intervienen todos los elementos auditivos y visuales posibles - solistas, coro, orquesta, ballet, vestuario y decorado -, es el género que mejor contribuye a adentrarnos con la imaginación en el océano. Entre todas las óperas compuestas, “El holandés errante” cuenta con una partitura en la que, según Félix Mottl, “allí por donde se abra, salta el viento y te salpica el agua salada en la cara”. Wagner la concibió tras un accidentado viaje por el Báltico rumbo a Inglaterra; y está basada en la leyenda de un capitán que, por una apuesta, había salido de puerto el día de Viernes Santo mal que le pesara a Dios. Su actitud blasfema es castigada con su muerte y la de toda la tripulación, así como con la desaparición del buque, que reaparece en el cabo de Buena Esperanza, avistándose, siempre que hay tormenta, con su capitán al timón intentando sin éxito gobernar la nave, hasta el día del Juicio Final. Desde que se inicia la representación con la impetuosa obertura, la mayor parte de la acción transcurre sobre las aguas del mar, elemento que es omnipresente a través de las canciones de los marineros, los bailes que evocan el bamboleo en la cubierta, y en el lenguaje de los intérpretes; hasta que en el último acto el barco fantasma es tragado por un enorme remolino, y el espíritu del holandés errante surge de los restos del naufragio, elevándose a lo alto del escenario.

Uno de los miles de casos de la compleja vida sentimental del marino, que busca una “novia en cada puerto” para percibir algo del calor del hogar lejano, es el eje sobre el que gira la ópera “Madame Butterfly”; en la que Puccini retrata un mundo de amor y sueños que es destruido por la cruda realidad, apoyándose en tres elementos fundamentales, como son: la historia romántica, conocida por el músico italiano durante una estancia en Londres, en torno a la cual se escribió el argumento; el contorno japonés; y el mar. La obra se ambienta en el Japón de finales del siglo XIX -un mundo que comenzaba a recibir la influencia de occidente- para contar la tragedia de Butterfly, una geisha enamorada del teniente Pinkerton, oficial del buque “Lincoln” de la Marina de Estados Unidos, que vuelve a su país tras dejarla embarazada. El marino regresa tres años mas tarde al país del “Sol Naciente” con su esposa norteamericana, y Butterfly, que ha rechazado una oferta de matrimonio de un noble rico, se ve obligada a sacrificarse para retener su honor.

Las continuas mejoras efectuadas fundamentalmente a partir del siglo XVIII, tanto en el diseño como en la fabricación de instrumentos musicales, permitieron una compleja combinación de éstos y el consecuente desarrollo de la música para orquesta, reservada en un principio para las elites de la sociedad, que hoy conocemos con el nombre genérico de “Música Clásica”, en la que el mar ha estado frecuentemente presente en infinidad de partituras, ya que algunas estructuras rítmicas parecen surgidas de este líquido elemento: el ruido del viento y las olas o el balance de las naves son una constante en conciertos de todo tipo. El agua comparte nombre en el “Water Musick” de Handel y el “Wassermusik” de Telemann, aunque su génesis respondiera a razones diferentes. La primera “Música Acuática” fue compuesta para acompañar por el Támesis a Jorge I, yendo sus invitados embarcados en barcazas descubiertas en las que remontaron el río hasta Chelsea, durante un espectacular acontecimiento al aire libre, en el que el monarca se trasladó en su falúa, junto a la que iban cincuenta músicos que hubieron de repetir la pieza hasta tres veces. La segunda fue encargo de las autoridades de Hamburgo para celebrar el centenario del Almirantazgo de la ciudad. Y, a diferencia de las suites de Handel, la obra de Telemann es un claro ejemplo de música programática en la que el autor pretende describir el agua a través de escenas y personajes mitológicos asociados con dicho elemento.

El mar fue siempre fuente de inspiración para Mendelssonh que, por medio de sus oberturas como “Mar en calma y viaje feliz”, inspirada en un poema de Goethe, nos sumerge en un juego ensoñador gracias a sus hermosas melodías y entramado armónico. “Las Hébridas” surgió tras un viaje a Escocia, en el que se inspiró para una obertura marina que puede considerarse una sinfonía en miniatura tan trabajada que, a pesar de que la obra ha pasado con gloria a la posteridad, cuando la partitura estaba prácticamente concluida escribía a su familia: “Me resisto a estrenar aquí <<Las Hébridas>>, porque no considero que esté terminada. El fragmento central en modo mayor resulta muy insípido y huele mas a contrapunto que a abadejo salado y a gaviotas, cuando debería ocurrir lo contrario”. “El mar” es posiblemente la pieza orquestal más importante de Claude Debussy, a la vez que la mas representativa del impresionismo musical. En el primer movimiento, “Del alba al mediodía en el mar”, pretende describir las mutaciones que van experimentándose a lo largo del día, como si el autor estuviera sumergido dentro de él. En el segundo movimiento, “Juego de las olas”, las aguas despiertan poco a poco, con un murmullo creciente que acabará en un potente rugido. Concluyendo la obra con el “Diálogo entre el viento y el mar”, en donde el océano se torna amenazador y nos declara que es eterno frente a nuestra existencia que, para él, solo representa un instante.

MAR PARA OÍDOS, ALGO, MENOS EXIGENTES

Nuestra Zarzuela no es un género menor: es un producto que refleja fielmente la mentalidad española, un género lírico en el que se alterna el canto con los pasajes hablados propios de la escena tradicional. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la inauguración del Teatro de la Zarzuela y la aparición de dos autores clave, como son Barbieri y Arrieta, representaron importantes hitos para reforzar éste tipo de representaciones musicales. En el amplísimo repertorio existente, no ha faltado el mar como epicentro de muchos argumentos, entre los que resaltan: “Marina”, “El grumete”, “Molinos de viento” y “La tabernera del puerto”. La primera de ellas, con libreto de Francisco Camprodón y Ramos Carrión, y música de Emilio Arrieta, fue estrenada en el Teatro Circo de Price en 1855, y en 1871 como ópera, siendo la única obra española de éste tipo que se representó en el Teatro Real. Arrieta también es el autor de la música de “El Grumete”, estrenada dos años antes en el mismo local madrileño, perteneciendo su letra a Antonio García Gutiérrez. Ya en el siglo XX, en el Teatro Cervantes de Sevilla, el 2 de diciembre de 1910 se levantó el telón por primera vez para ofrecer “Molinos de viento”, cuya música y textos corresponden a Pablo Luna y Luis Pascual Frutos. Poco antes de estallar nuestra Guerra Civil, en el año 1936, se llevó a cabo la primera puesta en escena de “La tabernera del puerto”, de cuya letra son autores Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw, y de su partitura el maestro Pablo Sorozábal: el último de los grandes del género. Sus argumentos se desarrollan en distintas localidades costeras y la trama se refiere a los amores entre bellas jóvenes con príncipes, armadores y marinos que desembarcan de largos viajes y embarcan con destino a lejanos destinos, para terminar, a un cincuenta por ciento, con un final feliz o desgraciado.

El Vals es la danza más longeva, y la que ha gozado de un favor más continuo entre todos los tipos de baile de salón modernos. Nacido como una intrusión atrevida de las clases mas modestas en la alta sociedad, se ha convertido en el símbolo de la delicadeza, sofisticación y elegancia. Esta muestra de danza ha sido utilizada como forma de composición por grandes músicos como Mozart, Beethoven, Wagner o Chopin; pero, sobre todo, hablar de vals es hacerlo de Viena y de los Strauss. Ninguna otra clase de baile imita el movimiento del mar como lo hace un vals: “En la inmensidad de las olas flotando te vi./ Y al irte a salvar, por tu vida la mía perdí...”, comienza la letra del vals “Sobre las olas”, popularmente conocido como “Vals de las olas”, que pese a la creencia generalizada, vio la luz a muchos kilómetros de la capital austriaca, fruto del ingenio del mejicano Juventino Rosas que lo concibió a orillas de un río que cruza Contreras, en el Distrito Federal.

EL PENTAGRAMA, ALIADO DE LA ARMADA

La actividad castrense, desde los tiempos en que los antiguos pífanos y tambores hacían vibrar sus sones, encontró en la música un aliado a su fuerza de acción, para levantar el ánimo al soldado y marinero. Éstos instrumentos han ido evolucionando, dando origen tanto a las bandas como a las marchas militares, piezas musicales que estimulan el esfuerzo en el combate o exaltan los logros durante la paz. Junto a éstas, y con mas tradición, figuran las sonoridades destinadas a la transmisión de órdenes, rendir honores, los cantos e himnos de los cuerpos armados y la música religiosa de los ejércitos. Respecto de la transmisión de órdenes, en la Marina española tenemos noticia de que ya a bordo de las galeras los cómitres transmitían las mismas con un toque de silbato :“...El cómitre hace el són / cuando el silbatillo pica, / y el sota cómitre aplica / un palo o matafión / y en nuestros lomos replica...”. Éste instrumento también era utilizado para el saludo durante la Carrera de Indias: “...Y el estilo de saludarse a las mañanas unos navíos a otros, es a voz en grito; al són del chiflo diciendo: buen viaje...”. En los navíos de guerra trompetas y tambores se consideraban necesarios, ya que su sonido animaba a la tripulación, a la vez que amedrentaba a los enemigos. Toques de silbato, pífano y trompeta, así como el batir de los tambores, eran la música mas común en la Armada hasta el siglo XVIII. A partir de éste momento se implantan de forma paulatina distintos toques de Ordenanza: como Diana, Vaqueta, Generala, Retreta, Llamada, Orden o Fagina que eran comunes con el Ejército. Las marchas propias de la Marina son relativamente modernas, por lo que tradicionalmente se han interpretado las mismas que en otras armas. De la partida de puertos españoles de combatientes que marchaban a las campañas de Marruecos y Ultramar, surgieron piezas como la marcha de “Cádiz”, “Los voluntarios”, el “Pasodoble de la Bandera” o “El soldadito español”, que en la mayoría de los casos formaban parte de una zarzuela, y han acompañado en el desfile a nuestros ejércitos desde hace mas de un siglo. “El abanico”, marcha solemne que ha transcendido nuestras fronteras, es la música por antonomasia para el pase de revista. La “Marcha de Infantes” y el “Himno nacional” tienen su origen en la “Llamada” y la “Marcha Granadera”. Ambas han resistido el curso de los siglos, continuando vigentes para la rendición de honores en los tres ejércitos.

Siempre ha habido excelentes cantores entre los marinos, que durante los largos viajes ayudaban a mitigar el tedio a bordo con sus canciones, de las que desgraciadamente no han quedado muchos vestigios. Lo que en gran medida también ha ocurrido con la música escrita, ya que las partituras mas antiguas de las que se tiene noticia datan de la segunda mitad del siglo XIX, y se refieren, en su casi totalidad, a la acción naval de Callao: “Himno a los vencedores del Callao”, “Honra y buques en el combate del Callao”, “A nuestros valientes marinos del Pacífico”, y el “Himno del Pacífico” que surgió la noche del 5 de noviembre de 1866, en el seno de una reunión entre Topete y Asquerino que compusieron la letra con un grupo de amigos, entre los que se encontraba Barbieri que puso la música. “La Paz y la Gloria. Himno Naval” es la mas antigua de las partituras de la que se tiene noticia. Fue compuesta para un acto patriótico, celebrado el 15 de mayo de 1860 en el madrileño Teatro de la Zarzuela. “Oquendori” es obra del músico mayor de la Armada Ramón Roig, autor de numerosos pasodobles como “La Gracia de Dios”. Con las letras alteradas, muchas canciones sonaron en ambos bandos durante nuestra Guerra Civil. Los marinos republicanos adaptaron la decimonónica “No hay quien pueda”, para evocar el hundimiento del crucero Baleares:”...El Baleares salió, / ¿dónde está, dónde está? / ¿Dónde está, la legión? / en el fondo del mar...”. Por el contrario, en el bando nacional se ensalzaban las victorias del Canarias con una jota que decía: “La Virgen del Pilar dice/ que no quiere mas plegarias/ que quiere ser almirante/ con la insignia del Canarias”. A raíz del combate del Cherchel, José María Pemán escribió un himno para el Baleares. “Soledad”, con su “aidí, aidá”, y “Margarita”, “la chica pum del calibre 183”, han sido fieles acompañantes de marineros e infantes, tanto en sus marchas a través de los campos o durante la instrucción en los cuarteles, como en los ratos de asueto a bordo de las naves.

En la post-guerra se asiste al nacimiento de una música muy propia de la Armada. Así fruto de la colaboración de José María Pemán y Germán Álvarez Beigbeder surge el “Himno de la Escuela Naval”, con su imperativo inicial “Soplen serenas las brisas,/ ruja amenazas las olas...”, que se ha convertido en el “Himno de la Armada”. En los años sesenta comienza a oírse las notas de tres magníficas marchas, totalmente marineras: “Proa al mar” de Dorado, “Mares y Vientos” de Zaragoza y “Ganando Barlovento” del genial Sáez de Adana, pieza por excelencia de nuestra Marina de Guerra, cuyos sones nos representan, como ninguna otra, la imagen de los buques navegando, y a la marinería faenando en la cubierta o cubriendo pasamanos para rendir honores. “¡Viva la Marina!” es un homenaje a la Armada de su autor, Asins Arbó, relevante personalidad de nuestra música militar.

Obviamente, la Infantería de Marina cuenta con una música de características muy propias, entre la que sobresale la “Marcha Heroica” de J. Raimundo que se ha adoptado como himno del cuerpo, con el fin de sus estrofas rubricando “...que los infantes de Marina, gloriosamente saben triunfar.”; así como los específicos de cada uno de los tercios: “Himno del Tercio Norte” de Sancho Marraco, “Himno del Tercio Sur” de Mollor, “Himno del Tercio de Levante” de Oliver Albiol, “Himno de la Agrumad” de Bertomeu, “Himno de la Agrucan” de Cerveró. A éstos debemos sumar otros como la canción marcha “San Juan Nepomuceno” o el “Canto al Tojo”. El “Despierta Mayte” y el “Silencio” ambas, como la reciente “Marinos por la paz”, obras de Díez Guerrero, son piezas utilizadas tanto para llamar a los soldados y marineros a la faena, como para invitarles al descanso, e igualmente en fiestas, solemnidades o conmemoraciones luctuosas. Las bandas de música tienen un importante cometido dentro de nuestras fuerzas armadas, contando la Marina de Guerra con un magnífico elenco de ellas, ubicadas fundamentalmente en las principales dependencias y buques de la Armada. La Banda Sinfónica de la Agrupación de Infantería de Marina de Madrid está adscrita al Cuartel General. Creada en 1950, cuenta con una magnífica selección de músicos, dirigidos por excelentes batutas como la de Sáez de Adana, Bertomeu, Codina, Adam Ferrero y la del actual titular, teniente coronel Agustín Díez Guerreo; muchos de ellos autores de un rico repertorio de himnos y marchas. Los cantos religiosos, y la música acompañando a los actos litúrgicos, tienen una gran tradición en las naves españolas: “...Luego que el santísimo haya entrado en la galera, y que los de ella le hayan adorado, le saludarán a voces diciendo tres veces <<Loado sea el Santísimo Sacramento>>, y a esta salva seguirán las chirimías y trompetas y toda la artillería de las galeras...”

Desde tiempo inmemorial, el rezo de la salve ha sido una constante en nuestros barcos. “... <<¿Somos aquí todos?>>. Y respondió la gente marina: <<Dios sea con nosotros>>. Replica el maestre: <<Salve digamos / Que buen viaje hagamos;/ Salve diremos / Que buen viaje haremos>>. Luego se comienza la salve y todos somos cantores; todos hacemos de garganta...”. La oración no tuvo un carácter uniforme hasta que una Orden Ministerial de 16 de noviembre de 1942 declarase reglamentaria la “Salve Marinera”, que era una adaptación hecha por un grupo de guardiamarinas de la “Salve Estrella de los Cielos”, pieza de la zarzuela “El molinero de Subiza”, de la que es autor Cristóbal Oudrid, a la que Mariano Méndez le puso la letra definitiva, y que no solo se ha convertido en el cántico por antonomasia de todas las marinas españolas sino que, al igual que la Salve Rociera, es interpretada tanto en ceremonias religiosas de toda índole como en celebraciones privadas.

Desde la primera década del siglo XX, a la puesta del sol, se empezó a cantar en todos los barcos y dependencias de la Armada “La oración de la noche” de Sancho Marraco: “Tu que dispones de cielo y mar,/ haces la calma la tempestad,/ ten de nosotros Señor piedad,/ piedad Señor, Señor, piedad.” La “Ofrenda del marino”, de la que es autor Sáez de Adana, se reza en el ofertorio de la Misa durante las solemnidades religiosas. La “Misa de Lepanto” fue dada a la imprenta en 1600 por Tomás Luis de Victoria. Escrita para conmemorar la batalla, su autor quiso universalizarla, por lo que la publicó más tarde bajo el título de “Misa pro Victoria”. Como música lepantina existen otras típicas obras de batalla, entre las que sobresalen el “Kirie” y el “Agnus Dei”.

LA MAR EN LA MÚSICA CON MINÚSCULAS

La canción es una forma de expresión musical en la que la voz humana es el elemento principal; sus temas son muy variados, y con mucha frecuencia el mar y su entorno han servido de argumento a estas piezas literarias que condensan grandes historias en unas pocas estrofas. Su texto, juzgado como poesía, puede ser de mayor o menor calidad, existiendo un amplio catálogo, que va de lo puramente popular y autor anónimo como es el caso del “Boga, boga” : “Boga, boga,/ marinero ¡marinero!/ la barquilla no volverá...”, a adaptaciones de obras de nuestros grandes poetas.

Nuestra copla española, forma musical popular con la que el pueblo español expresa sus sentimientos, es un vehículo portador de temas universales: el amor, los celos, la venganza, la pérdida del honor están perennes en sus letras, tanto como en la vida de los personajes de la Eneida. Aunque la copla parezca algo generalmente popular, también ha sido empleada en la poesía culta: Lope de Vega nunca se negó a componerlas, y desde él ocurrió lo mismo con muchos poetas, como es el caso de Federico García Lorca. Pero quienes pasaron a la historia con éste género son Quintero, León y Quiroga, que pintaron con azul marino el telón de fondo de bastantes de sus obras como “Tatuaje”, que es un ejemplo de historia de amor abandonado, en el que al igual que en los personajes de la tragedia griega, tenemos a un marinero (Eneas) que al llegar a puerto - “...Él vino en un barco de nombre extranjero...” - conoce a una mujer (Dido), y cuando el amor aparece se va en la misma nave: “...Él se fue en un barco con rumbo ignorado, en el mismo barco que le trajo a mí...”. No descansando la enamorada hasta saber de su amor: “...Errante le busco por todos los puertos, a los marineros pregunto por él...”

En el Cante Flamenco, que no debemos confundir con la copla, aparecen los mismos sentimientos y pasiones que en la historia de amor relatada por Virgilio, a la que nos hemos referido anteriormente. Muchos son los “palos” existentes en éste género musical, y en todos aparecen con frecuencia los temas marineros como en una bulería festera titulada “La barca” de la que son autores Rafael de León y Arturo pavón, e inmortalizada por Manolo Caracol: “...Mi barca va por la mar/ que talmente es una rosa/ sobre el agua viene y va/ igual que una mariposa...”.

Las Sevillanas, donde se mezcla el baile con el cante, tienen un tipo procedente de las costas de Cádiz y Huelva, que se conoce como Sevillanas Marineras en las que, obviamente, la mar está presente en sus temas: “San Fernando es la isla/ de cal salada/ novia de la bahía/ donde está anclada...”. Pero también el mar es un tema recurrente en las sevillanas conocidas como corraleras: “Es tan alta la nave/ de mi Marina/ que ningún marinero/ se determina/ y yo me atrevo/ a subir a la marina/ de marinero...”;. o esa otra: “Ya se van los marineros/ madrugaita con pan de telera/ Ya se van los marineros/ madrugaita se van pa la mar/ ya se van pa la mar, y ole mare...”.

Algunas comparsas de los Carnavales de Cádiz adoptan aires marineros en sus atuendos y las letras de sus pasodobles, cuplés o popurrís, como es el caso de “Amares”, con estribillos como: “Amores.../ Por tus mares he aprendido yo a amar/ amores.../ que un día viene a mí y otro se va/ como la marea...”; o el de la comparsa “La Pájara Pinta”, en cuyo repertorio figura ésta letra: “Tiene mi tierra un barquito que llora en su amarraero.../ ¡Ay ¡ vaporcito del puerto.../ cuando cruces la bahía.../ no tendrás esa alegría que te daba el marinero...”.

En la llamada música de cantautor existen muchas canciones que hacen referencia al mar, a los barcos y a la marinería. Recordemos el “Mediterráneo” de Joan Manuel Serrat:”... ¡Qué le voy a hacer! Si yo nací en el Mediterráneo...”; a “Un velero llamado Libertad” de José Luis Perales: “...Y se marchó y a su barco le llamó Libertad / y en el cielo descubrió gaviotas y pintó estelas en el mar...”; o a Manuel Alejandro rememorando la poesía de Alberti en “Háblame del mar marinero”: “...Háblame del mar marinero / dime si es verdad lo que dicen de él/ desde mi ventana no puedo verlo/ desde mi ventana el mar no se ve...”.

La Habanera, además de ser nuestro principal vínculo musical con la canción hispanoamericana, es un género que rezuma agua salada. Procedente de Cuba, llegó a nuestros puertos en boca de los tripulantes de los barcos que se dedicaban al comercio de ultramar; y con el paso del tiempo, a ambos lados del Atlántico, se fusionaron ritmos y sones, dando origen a otros géneros como el Bolero. Entre las letras mas conocidas de habaneras tenemos la del barco que “salió de Jamaica cargado de ron, con rumbo a Nueva York” a cuyo capitán se le pide permiso para “subir, a izar la bandera del palo mas alto de su bergantín”, que todos hemos cantado en alguna ocasión cuando, habiendo hecho buen uso de la “bota”, volvíamos contentos de una excursión. Cada verano Torrevieja, la ciudad mediterránea “blanca de sal y morena de soles”, se convierte en la capital de la Habanera con la celebración de su “Certamen Internacional”. En Cataluña también existe una gran tradición: “si bien nos une la sardana, la habanera nos hermana”, dicen en Calella de Palafrugell, en donde el primer sábado de julio también se establece la capitalidad de éste tipo de canción en catalán: “El meu avi va anar a Cuba/ a bordo del Catalá/ el millor barco de guerra/ de la flota d´ultramar...” comienza la letra de “El meu avi”, la habanera por excelencia en ésta lengua española, en la que se testimonia la marcha a Cuba de numerosos marineros catalanes ávidos de fortuna, que volvían cargados de ron, tabaco, canciones y mil historias para contar. Las “Habaneras de Cádiz”, poema de Antonio Burgos, al que Carlos Cano puso música, es un pregón universal de la “Tacita de Plata”, y figura en el repertorio del “Juan Sebastián Elcano”, que todos los años parte de aquél puerto para iniciar su viaje de instrucción: “...Las olas de la Caleta, que es plata quieta,/ rompían contra las rocas de aquél paseo/ que al bamboleo de aquellas bocas/ allí le llaman El Malecón...” .

VIAJE TRASATLÁNTICO A BORDO DE NUEVOS RÍTMOS

Con una percusión tan simple como dos cilindros de madera pegando el uno contra el otro, conocida como la clave, nace en el puerto de La Habana la música hispanoamericana. Desde el siglo XVI, la actividad portuaria se convierte en el corazón de la capital cubana que recibe hombres, mercancías, culturas y costumbres procedentes de España y África. Allí se mezclan las músicas autóctonas con las de los esclavos negros y las de los españoles, con lo que se generaron nuevos ritmos, a los que se sumaron los de sucesivas migraciones, que ejercieron una gran influencia en la música cubana, sobre todo en sus géneros mas influyentes: la Salsa, el Son, el Danzón y la Rumba. A su vez la Salsa se fundamenta en dichos géneros cubanos y en la influencia tangencial de otros oriundos del Caribe y de los Estados Unidos, como la Bomba, la Plena, la Samba y el Jazz, aunque su columna vertebral es el Son; como éste eminentemente marinero, “Un son para niños antillanos”, de Nicolás Guillén: “...Por el mar de las Antillas/ anda un barco de papel;/ anda y anda el barco/ barco,/ sin timonel...”. En piezas actuales de salsa, como en “A mover la colita” de Wilfrido Vargas, los habitantes del mar crepitan entre sus notas como si hirvieran en una olla: “...A ver, a ver, a mover la colita./ Si no la mueve se le va a poner malita./ La mueve el tiburón y la mueve la ballena/ La mueve la sirena y el caballito de mar...”.

Por el mismo puerto de La Habana también llegó de España el Bolero, que al parecer era una manifestación gitana, pues su nombre puede venir de “Volero”, y las danzas gitanas a veces implican movimientos agudos y rápidos como los de las aves. Éste género, a pesar de sus raíces europeas, se ha convertido en uno de los fenómenos que identifican y homogenizan la noción de lo hispanoamericano. La irradiación musical de Cuba también se hizo sentir con éste ritmo, que se engrandeció al mezclarse con otros, dando como resultado el Cha Cha Cha o el Mambo. Haciendo honor a su cuna, que como la de Moisés flota sobre el agua, el Bolero mira constantemente al océano como en el famoso “Mirando al mar” de Haro y Marino: “Mirando al mar soñé/ que estabas junto a mí...”; o en la despedida de “La barca” de Roberto Cantoral: “...Hoy mi playa se viste siempre de amargura,/ porque tu barca tiene que partir,/ a buscar otros mares de locura./ Cuida que no naufrague tu vivir...”; al igual que en el adiós recogido en la melodía de Ramírez y Luna “Alfonsina y el Mar” concebida por sus autores para honrar a su compatriota Alfonsina Storni: “...Te vas Alfonsina con tu soledad/ ¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?/ Y una voz antigua de viento y de mar/ te requiebra el alma/ y la está llamando/ y te vas, hacia allá como en sueños,/ dormida Alfonsina, vestida de mar”.

Un hecho que contribuiría al ascenso del Bolero es la inesperada muerte de Carlos Gardel, que dejó al Tango huérfano de un destacado intérprete. El género sureño había surgido con fuerza en el puerto de Buenos Aires, en el que músicos y poetas supieron plasmar en sus letras toda la sugestión que sobre el alma ejercen el mar, las playas, las riberas, los puertos, las naves y las tabernas portuarias, con sus cancelas siempre abiertas para que entren la alegría y el dolor de los marinos, como en “Aquella cantina de la Ribera” de José González Castillo: “...Brillando en las noches del puerto desierto,/ como un viejo faro, la cantina está/ llamando a las almas que no tienen puerto/ porque han olvidado la ruta del mar...”. También en el Tango los barcos vienen y van, como en “La cantina” de Cátulo Castillo: “...Ha plateado la luna el Riachuelo/ y hay un barco que vuelve del mar...”; o en “Mañana zarpa un barco” de Homero Manzi: “...Bailemos este tango, no quiero recordar./ mañana zarpa un barco, tal vez no vuelva más...”. Aunque también se hace eco de los que permanecen inactivos como en el que es autor Carmelo Santiago, “Amarras”: “...Soy como mi lancha carbonera/ que ha quedado recalada/ vive atada a la ribera...”. Sus sones candenques también describen la “saudade” de los gallegos por los “airiños de miña terra”, como en “Cafetín” de Homero Expósito:”...Cafetín/ donde lloran los hombres/ que saben el gusto/ que dejan los mares.../ Cafetín,/ y esa pena que amarga/ mirando los barcos/ volver a sus lares...”.

IMAGINACIÓN EN LAS LÍNEAS FINALES

Ésta travesía por “La Mar de las Cinco Líneas” toca a su fin. Hemos recalado en los grandes puertos de la “Música Clásica”; visitamos las bases en las que permanece fondeada la “Música de la Armada”, y pusimos final a nuestras singladuras en ésa hermosa bahía plagada de pequeños y hermosos sones y ritmos que, cual una inmensa flota de veleros con todo tipo de aparejo y matrícula, conforman la variopinta “Música Popular”. Dicen que el Bolero es el fin y el inicio, y el fin nuevamente; principio que no debemos traicionar para que nunca nos abandone. Ahora, cerremos los ojos, como cuando bailábamos mejilla con mejilla, agarrados a la cintura de la persona amada, y escuchemos el murmullo de “El mar” que nos trae el pentagrama:

“El mar, que un día fue
espejo de mi amor,
al irte tú cambió su luz
hundiendo en la sombra mi vida.

El mar te separó
dejándome morir,
y entre sus olas se llevó
tu imagen por mi tan querida.

El mar puede cambiar
la vida de los dos.

El mar te hará olvidar
que todo terminó...