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La Literatura del MarMar y escritura se unen particularmente bien, como ya señaló el filósofo Roger Bacon en el siglo XIII: Es un acontecimiento extraño que, durante los viajes por mar, en los que solo se tiene por ver cielo y agua, la mayoría de los hombres escriben un diario, mientras que cuando viajan por tierra, donde a cada paso encontramos algo que observar, pocos lo hacen, como si las inciertas eventualidades nos fueran más próximas para ser consignadas por escrito que las observaciones reales. Y es que el mar contiene la vida y la muerte, la fuerza de la tormenta y la calma de la bonanza, bases de la literatura, lo que le hace presente en todas las lenguas y en todo tipo de textos, desde los orígenes de la civilización occidental. Su significado simbólico en los libros españoles es constante desde Jorge Manrique, que ya en el siglo XV nos recuerda: Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir, hasta Antonio Machado que predice: y cuando llegue el día del último viaje y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontrareis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos de la mar.
Una pequeña porción de mar, como es el Mediterráneo, ha dado como fruto impresionantes relatos, bellos mitos y conmovedoras efusiones líricas: Poseidón, Escila y Caribdis, Andrómeda, la Atlántida. En la Biblia aparecen pasajes que reflejan una grandiosa concepción del mar y de sus extraños habitantes. El Nuevo Testamento nos muestra a Cristo caminando sobre las aguas o acallando con su voz las tempestades marinas; y la nave, el áncora o el pez surgen como símbolos de una religión que anuncia al mundo desconocidas esperanzas. Los mares orientales también son musa de la literatura universal, como ocurre en el caso de Los viajes de Simbad el Marino, personaje que encuentra tanto islas ricas como terroríficas, caballos marinos que salen a fecundar las yeguas del rey Mihrajio, lomos de ballenas que parecen praderas, a la vez que describe mares surcados por naves comerciales alterados por furiosas tormentas. Los grandes descubrimientos de españoles y portugueses, habidos en los siglos XV y XVI, inspiran a quienes tuvieron la ambición de escribir un libro entre los libros, como Camoens, que narró en Os Lusiadas una epopeya marítima vital para conocer la historia e idiosincrasia de nuestros vecinos: Marchaban ya los navegantes portugueses por el anchuroso Océano, apartando a uno y otro lado las turbulentas olas; los vientos soplaban suavemente hinchando las cóncavas velas de las naves, y los mares aparecían cubiertos de blanca espuma, sobre la que se deslizaban las tajantes proas, cortando las marítimas y consagradas aguas, habitadas por los rebaños de Proteo. La novela del mar nos refleja tanto la aventura de la guerra para lograr el dominio del océano, como el viaje a través de sus aguas en paz para contarnos historias que nos acerquen a otros países y a sus culturas, casi siempre guiados por marinos, hombres de unas características muy específicas - normalmente deformadas por los medios literarios y periodísticos - forjadas por una vida que transcurre lejos de familia y amigos, en la que los días transcurren dentro de un espacio reducido, sin solución de continuidad, sin una clara diferencia entre lunes o domingos, y en un medio hostil ante el que los problemas que plantea no se pueden soslayar o transferir: hay que hacerlos frente. A la vez que en los siglos XVIII y XIX otros países nos desplazan del dominio de los mares, también sus escritores se posicionan a la cabeza de la literatura del mar, como es el caso de Daniel Defoe con su náufrago entre los náufragos Robinson Crusoe, o Coleridge que, con el Poema del viejo marino, resucita los barcos fantasmas: Guiaba el timonel y avanzaba el navío,/ mas ni una brisa soplaba,/ y vi que de las cuerdas tiraban los marinos,/ cada cual en su puesto./ Movían brazos, piernas, al modo de herramientas/ sin vida. Éramos una tripulación de espanto. Herman Melville, en Moby Dick, logra superar anteriores relatos en los que vierte sus experiencias y ensueños surgidos en su contacto con los mares, lo que también le ocurre a Robert Louis Stevenson en La isla de tesoro. Con un mayor conocimiento, Joseph Conrad muestra la realidad marinera en El espejo del mar o en Un vagabundo de los mares entre otras. Mientras que Julio Verne nos sumerge en las profundidades abisales con sus 20.000 leguas de viaje submarino. Los autores españoles, a caballo entre el XIX y XX, vuelven a retomar de forma progresiva los temas marineros por la influencia de muchos de los anteriores. Benito Pérez Galdos lo hace con su Trafalgar y El viaje de la Numancia dentro de sus Episodios Nacionales; Vicente Blasco Ibáñez también con su Mare Nostrum y La vuelta al mundo de un novelista; pero es Pío Baroja quien se distingue buscando que sus personajes encuentren el ancho mar en sus aventuras: Las inquietudes de Shanti Andia, Los pilotos de altura, La estrella del capitán Chimista, El laberinto de las sirenas están a la cabeza de la novela española del mar. Manuel Vicent y Arturo Pérez-Reverte sobresalen, entre los autores actuales, por su especial atención al mundo marino.
Otros muchos, como Alonso de Chaves, José de Acosta, Pedro de Medina, Martín Fernández de Enciso, Jorge Juan, Antonio Ulloa, Martín Fernández de Navarrete, Cesáreo Fernández Duro en el correr de los tiempos escribieron libros para crear cultura y ciencia sobre el mar, en cuyas páginas los marinos aprendieron a navegar, a la vez que acercaron a muchos hombres de tierra adentro a los rudimentos de la náutica y de la historia marítima. Punto de partida fue la actividad sevillana en torno la Casa de Contratación y el Colegio de San Telmo, lo que se consolido en la época de la Ilustración. Pasando a la poesía, Baroja decía que el mar y la vida del marino han perdido elementos para la novela, en alusión a la moderna navegación, no ocurriéndole lo mismo a la poesía lírica, para la que quedan motivos eternos. Motivos que han dado que hacer a plumas hispanas como la de José Espronceda, Serafín Estébanez Calderón, José Zorrilla, Gustavo Adolfo Bécquer, Jacinto Verdaquer, Rubén Darío, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Miguel Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre o Rafael Alberti: Los marineros lo han visto/ llorar por la borda, fiero./ ¡Por las sirenas malditas,/ matádmelo marineros!/ Que él quiere ser rey de mar/ y yo también quiero serlo, proclama el gaditano en El Rey del Mar. Como puede verse, -dice Pedro Miguel Lamet - el mar ha inspirado a nuestros mejores creadores, sin duda porque, como la poesía misma, él - o ella - es inaprensible, inalcanzable, no solo por nuestros limitados ojos, atrapados por su horizonte, sino por el espíritu humano, que no cesa de mirarlo, descubrirlo, navegarlo, cantarlo, quizás porque fue hecho a imagen y semejanza de sus cambiantes colores y su limitada plenitud.
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