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El MarCuando somos pequeños, pensamos del mar que es una masa grande de líquido susceptible de entrar en un cubito con la simple ayuda de una pequeña pala. Según vamos creciendo, su imagen va transformándose en un sinfín de vientos y agua, en la que no hay dos segundos iguales. Algunos, al alcanzar la juventud creemos que en él, según el espíritu que lo busques, puedes encontrar todo: que yo aquí tengo por mío / cuanto abarca el mar bravío / a quien nadie impuso leyes, afirma el capitán pirata de Espronceda. Para unos, junto con la flota, es el mejor baluarte para defender la nación; para otros, es una herramienta que por un lado separa las tierras, a la vez que sirve de vía para unirlas, facilitando el comercio y el conocimiento de los hombres; de sus entrañas, y de las formas mas diversas, extraen muchos el pan de cada día; mientras que para bastantes es el más bello y grande de los desconocidos, por el que apuestan para su ocio.
Hay diferentes mares y formas de describirlos. En plena Guerra Mundial, durante su etapa como reportero, de la pluma de César González Ruano se desprendieron éstas gotas literarias: Hay un mar fabuloso de sirenas y tritones, que es el Mediterráneo, el mar de Ulises, el de los argonautas y el de las historias de Luciano. Luego hay un mar neptuniano, que es, de un lado, el mar de los navegantes nórdicos, de las expediciones rubias, para quienes el mar es como para el castellano la carretera y para el romero el camino. Un mar que, de otro lado, es la ruta azul del Descubrimiento, el mar en que los peces comprenden el castellano. Este mar es el mar antiguo. El mar moderno, que hoy es todo el mar, es el de la época maquinista que empieza, antes de serlo, con la literatura inglesa, con Byron y Walter Scott, con el americano Poe y, en fin, con Kipling. Es el mar en que los motores han sustituido al hombre, en que los caminos son seguros y la Geografía es Economía. Este mar es el de la guerra que vivimos. En sentido más pragmático, como es sabido, el mar cubre siete décimas partes de la corteza terrestre. Se halla en constante movimiento, y desde la superficie hasta los fondos abisales pululan organismos vivos en perenne renovación. La explotación de sus recursos, el espíritu de aventura, la guerra, la investigación o el comercio siguen siendo los móviles que empujan al hombre al mar en una acción de conquista que dista mucho de haberse cerrado, para lo cual, la nave sigue siendo su principal aliado: si el mar es el símbolo del poder de Dios, la embarcación es la demostración de la capacidad del hombre, escribió Víctor Hugo. Y de nave viene navegar, algo que el hombre comenzó a hacer a horcajadas en un tronco, para después recorrer las costas a bordo de frágiles embarcaciones en las que transportar personas, objetos y materias primas de todo tipo, hasta que se lanzó a la conquista de los océanos en busca de nuevos territorios a los que trasladar sus mercancías y su poder: quien posee el mar, posee el mundo entero decía Walter Raleigh. La superficie del mar es un folio mas o menos rugoso sobre el que escribir, con los millones de gotas de tinta que crea el viento al dispersar sus aguas. Y sobre el mar o la mar, como indistintamente se nombra, el hombre ha vertido historias, tratados, cuentos, poemas y noticias, para transmitir conocimientos, entretener con sus relatos, o dejar constancia de sus opiniones, vivencias y sentimientos; contando siempre con la ayuda de las olas que le han traído miles de ideas y le han ido pasando millones de páginas impresas.
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