|
||
![]() |
La Mar a pinceladasManuel Maestro Yo pinto las cosas, Con el paso del tiempo, la pintura del mar ha ido consolidando su propia personalidad, al reflejar sobre el lienzo no solo la naturaleza acuática y todos los seres y objetos que la rodean, dentro y fuera de su superficie, sino las imágenes fantásticas que, sobre éstos, han nacido en la mente de los pintores, desde los curiosos dibujos primitivos, hasta la aparición de las actuales vanguardias artísticas, pasando por las distintas escuelas que la han ido madurando y transformando: como pueden ser el renacimiento, el romanticismo o el surrealismo. La doble cara atribuida al mar de amigo generoso y enemigo implacable ha sido, en todos los tiempos, fuente de inspiración de muchos artistas que buscan, no solo en sus aguas sino en todo lo que le rodea, la variedad de imágenes que brindan tanto un mundo de belleza, riqueza, emoción y placer, como de peligro, incertidumbre, muerte y dolor. El océano tiene tal fuerza de persuasión o de ambientación que empapa de su peculiar sabor a todos los que se relacionan con ella; no en vano en su inmensidad sobrecogedora está el origen de nuestra vida y del mundo en el que habitamos. No obstante, el mar en sí tardó bastante tiempo en ser representado; en cambio, las embarcaciones y los animales marinos fueron motivos pictóricos de los frescos rupestres y los grabados prehistóricos. Los artistas, al igual que les ocurría con los paisajes terrestres, no veían en la mar desnuda un tema de interés. Las mentes de los estetas de la Antigüedad y el Medioevo estaban pobladas de ideas mitológicas o religiosas, por lo que Poseidón, el navío en que el dios sol navega diariamente por los cielos o las advocaciones marineras de la Virgen son los sujetos donde encontramos los primeros contactos del arte con el medio marino. A los que, paulatinamente, siguen escenas de pesca, el comercio y las batallas. Al igual que en el terreno literario ocurre con el teatro, en donde por dificultades de puesta en escena el mar tiene escaso protagonismo, en el arte la pintura acapara la temática marina frente a la escultura: si bien un buque es en sí una obra de arte en sus líneas y sus formas; una escultura viviente. En el amplio panorama en el que surgen los marinistas, hallamos tres grupos: uno el de los que conocen tanto la mar como los barcos, e impregnan su obra de sentido marinero; otro compuesto por los que dominan las técnicas de la pintura pero que, siendo ajenos al ambiente marino, consiguen llegar al público con su obra; y el de los retratistas de buques que realizan auténticas fotografías de los originales, en las que no falta detalle. Entre los primeros, donde abundan los marinos profesionales, hay autores que, aún dotados de sentido artístico, malogran su obra por el excesivo detalle. Por el contrario, la equivocación puede venir dada por fantasías alejadas de la naturaleza del tema. Sintetizar sin perderse en los detalles innecesarios, realzando lo importante a favor de la lozanía y la expresividad de la obra, es la gran virtud del marinista: virtud que debió pasar tiempo para reconocerse. Al contrario que el paisajista, el marinista no puede repetir su visión sobre un fondo siempre cambiante, ni tiene el recurso de incluir una casa o un árbol en primer plano, por lo que debe pintar la mar en bandas alternativas de luz y sombras: los holandeses comenzaron a destacar el primer plano con botes o pescadores; Van de Velde el Joven rompió la línea del horizonte con una nave en la lejanía, lo que tuvo buena acogida entre otros marinistas como Turner, condicionados en su obra por clientes muy exigentes con los detalles. COMO TODO: NACIÓ EN EL MEDITERRÁNEO El Mediterráneo permitió que el arte griego fecundara con los ingredientes aportados por el arte egipcio, en el que 3.500 años a.J.C. aparecen naves pintadas en vasos, en bajorrelieves y murales. Los cretenses simbolizaron su talasocracia, plasmando en frescos escenas marinas, igual que ocurrió con Roma. Enfrascados en los temas religiosos, los medievales se limitaron a decorar algunas cartas náuticas, manuscritos y libros. Mientras, en los mares del norte iba despertando el interés por la naturaleza y el paisaje: y dentro de ésta tendencia aparece la marina. Entretanto, Tintoretto, Vicentino y el Veronés pintaron en Italia combates navales. El primero de éstos asumió el encargo de realizar un cuadro sobre Lepanto que no pudo aceptar Tiziano que, sin embargo, pintó uno inspirándose en la rendición de la galera de Alí-Pachá. La gran batalla sirvió también de tema para cuadros de Veronés, Andrea Vicentino, Georgia Vasari y Lorenzo Sabatini. Giacomo Guardi (1678-1716) fue muy sensible al ambiente marinero veneciano, estando su obra muy influenciada por Antonio Canale (1697-1768), fundamentalmente, al tratar ambos el tema del viaje del Bucentauro a la ceremonia de los desposorios del Dux con el mar. Salvatore Rosa (1615-1673) es miembro representativo de la escuela napolitana, figurando en su producción varias escenas costeras. CRECIÓ EN HOLANDA Y MADURÓ EN GRAN BRETAÑA El que el término marina se utilice para distinguir una modalidad de paisajes o las pinturas de barcos, confirma el papel preponderante que ambas tuvieron en el surgimiento del género con carácter independiente, algo que sucede en la Holanda del siglo XVII, cuando aparecen las modernas técnicas de navegación y, fruto del papel predominante que el mar desempeñó en la formación de aquella sociedad, el hombre deja de proyectar sobre el mar sus miedos, sintiéndose capaz de dominarle. Como fundador de la célebre escuela holandesa de marinistas tenemos a Hendrick Cornelisz Vroom, (1562-1640), que recorrió Europa y naufragó frente a las costas portuguesas, hecho que llevó al lienzo con tanto realismo que tuvo que hacer muchas copias. A partir de éste suceso, la mar entró de forma imparable en su obra, prestando especial atención a los buques y las grandes acciones navales. No obstante, la fama de la escuela de marinistas holandeses se debe a los Van de Velde, padre (1611-1693) e hijo (1633-1707). El viejo, siguiendo la tradición familiar, se embarcó muy joven y pronto mostraría cualidades para dibujar barcos, por lo que fue nombrado pintor oficial de Marina, con autorización para seguir con su yate a las flotas, y así poder obtener imágenes de las mismas en los distintos estados de la mar. El vacío dejado por éstos, al trasladarse a Inglaterra, fue ocupado por Ludolph Bakhuyzen (1631-1708), cuya fama llegó tan alto que, con motivo de la paz con Luis XIV, los holandeses, deseosos de ganarse la simpatía del rey francés, le regalaron un cuadro suyo. Junto a éste artista, también se erigió en primera figura Abraham Storck (1636-1710). Para los británicos, la llegada de los Van de Velde supuso la entrada en las islas del espíritu de un arte que vivía su época dorada nada menos que con Rembrandt, Vermeer, Franz Hals, junto con Van Goyen, Ruisdael, Cuyp, Van de Capelle y otros grandes marinistas. Éste hecho supuso el nacimiento de una escuela de pintura marítima, que tuvo un dilatado y floreciente periodo, alentada por la vocación marinera inglesa. El notable grupo británico perteneciente a ésta especialidad se encuentra encabezado por Meter Monamy (1686-1749), que hizo óleos de bello colorido. Samuel Scout (1701-1772), uno de los fundadores de ésta escuela, comenzó imitando a Van de Velde, y luego se sintió atraído por las vistas del Támesis de Canaletto. Los astilleros de éste río y las vistosas ceremonias de las botaduras de sus barcos atrajeron a la pintura a John Cleveley el Viejo (1712-1777), padre de los gemelos John (1747-1786) y Robert (1747-1809). Charles Brooking (1723-1759) es considerado por muchos como el mejor marinista inglés. Dominic Serres (1722-1793) hizo una serie de cuadros para conmemorar la visita de Jorge III a la flota. Charles Gore (1729-1806) plasmó en sus acuarelas y dibujos el encanto de la vela. La novedad de mostrar el interior de un buque de guerra se debe a Thomas Hearne (1741-1817). Prolífico en su arte fue Thomas Whitcombe (1752-1827) pues su obra comprende retratos de barcos, batallas navales y escenas portuarias. Hasta fines del siglo XVIII, la pintura marítima era demandada por gentes afines a ésta actividad, y se centraba en retratos de buques y acciones de guerra; pero, a partir de éste momento, coincidiendo con el romanticismo, hizo su entrada el paisaje marino, de la mano de algunos artistas que lo tomaron como tema central de su obra; y es el tiempo en que J.M.W. Turner (1775-1851) se alza en el pináculo de tal especialidad. Considerado como uno de los mejores paisajistas de la historia del arte, el mar fue el tema principal de su obra. Llegaba incluso a mandar que lo amarraran al palo de su barco, para captar los detalles de la mar embravecida y del cielo de tormenta. Cuando el fulgor de éste apenas deja ver a otros colegas, brilla también Augustus Wall Callcott (1779-1844). Cerrándose el período británico con el acuarelista Charles Bentley (1805-1854), dedicado fundamentalmente a temas del litoral. SE VALORA LA BELLEZA DEL MAR En Francia, Claude Lorren (1600-1682) es el iniciador de la pintura marítima, aunque a la cabeza de la misma hay que situar a Jean Baptiste de la Roze (1612-1687), que dejó el cincel para integrarse en el grupo de artistas del arsenal de Tolón. Pero la gran figura de la especialidad es Claude-Joseph Vernet (1714-1789) que, al igual que Turner, se hizo amarrar en cubierta para apreciar mejor la furia de los elementos. Rossel de Cercy (1765-1829), Théodore Gudin (1802-1880), Louis Garnegaray (1783-1857) y Gustavo Courbet (1819-1877) sobresalen en la nómina de especialistas entre los siglos XVIII y XIX. La apreciación de la belleza del mar por los pintores es relativamente reciente: data del siglo XIX; antes se ignoraba tanto el concepto actual del veraneo a sus orillas, como el disfrute de las playas. Durante el romanticismo, solo se veía el aspecto melodramático de la costa; como constante advertencia de las fuerzas de la naturaleza se buscaba la vista de las olas embravecidas. Después fue afirmándose en la pintura el gusto por la contemplación de las ondas y el reflejo de la luz solar sobre la superficie del océano. Durante los siglos XVIII y XIX, el naufragio fue un tema frecuente e importante en la pintura. Algunas de las causas de éste interés vienen dadas por: el enfrentamiento del hombre con la naturaleza violenta; la vinculación de la oscuridad del mar con el mal; y las relaciones simbólicas entre la vida y el viaje marítimo. La marina puede considerarse lo más consustancial con el impresionismo: el agua y el viento son los motores principales que dan vida a éste movimiento. Su pintura se decanta por el aire y los movimientos de las olas, surgiendo una nueva manera de sentir la naturaleza que rechaza la inmovilidad, orientándose el pintor impresionista hacia lo sutil y lo movedizo. La marina de Claude Monet (1840-1926) titulada Impresión, soleil levant dio nombre a éste movimiento, del que Monet, colorista virtuoso, es el pionero; a cuya estela siguieron: Lebourg, Lepine, Guillaumin, Pisarro, Boudin, Rouault y Sisley; y del divisionismo y neoimpresionismo: Seurat, Signac, Gauguin, Van Gogh y Marquet. Gaspar David Friedrich (1774-1840) es el más destacado de los pintores alemanes del periodo romántico, siendo su amigo noruego Johan Christian Clausen Dahl (1788-1857) el equivalente entre los nórdicos. En opinión de muchos críticos, Winslow Homer es el mejor pintor del mar americano. IGNORADA POR LOS GRANDES EN ESPAÑA En España, hasta el siglo XIX, los grandes pintores de las distintas escuelas tampoco se sintieron atraídos por los temas marítimos; quedando relegados a un segundo término, muchas veces como simple fondo de grandes composiciones históricas. Existen atisbos en los retablos de Joan de Reixach, en el de a Virgen de los Mareantes atribuida a Alejo Fernández que presidía la sala donde se examinaban los pilotos en la sevillana Casa de Contratación. También la ciudad andaluza figura en uno de los primeros atisbos del género Descripción de la ciudad de Sevilla por la parte del río de Alonso Sánchez Coello (1531-1588). Entre los frescos importantes tenemos los del Palacio del Viso del Marqués, obra de César Arbasia y los hermanos Perolas, y la Expedición de las Islas Terceras de Fabricio Castelló y Nicolás Granello pintadas en la Sala de las Batallas del Monasterio de El Escorial. Del siglo XVII encontramos: La Recuperación de Bahía de Juan Bautista Marno y La defensa de Cádiz contra los ingleses de Zurbarán, en donde las naves siguen apareciendo en un segundo lugar. En el siglo XVIII se vislumbran orientaciones, en la línea de Vernet, en la obra de Mariano Sánchez (1740-1822) que durante muchos años, por encargo de Carlos III, se dedicó a pintar vistas de puertos. Mariano Salvador Maella se centró en ambientes mediterráneos. Goya se sintió poco atraído por el mar: Naufragio es la única obra del aragonés digna de mención. Con el romanticismo aparecen por fin marinistas españoles, iniciándose la nómina con Antonio Brugada (1800-1863), en cuya obra aparecen paisajes, escenas y combates navales, como en el Desembarco de Colón, Combate de Trafalgar, Combate de San Vicente y Náufragos haciendo señales, y el gran cuadro de la Batalla de Lepanto, en el que el elemento central es la galera Real de Don Juan de Austria. Ramón Martí Alsina es un pintor de calidad que decide dedicarse a ésta especialidad: mantuvo siete talleres abiertos uno, como consecuencia de que pintaba directamente del natural, frente a la Barceloneta. El marinista más célebre del XIX es Rafael Monleón (1840-1900), marino mercante y restaurador del Museo Naval, desarrolló una paciente y fructífera labor de investigación, que dio como fruto la conocida colección de acuarelas con la evolución histórica del buque. Otro pintor muy vinculado con éste museo es Antonio Caula, muy adepto a la familia real, a la que acompañó al exilio en 1868. Antonio Muñoz Degrain (1843-1924), Dionisio Baixeras (1862-1943) y Salvador Abril Blasco (1862-1924) son otros de los especialistas que descuellan a finales del siglo XIX y principios del XX. Muy diferente es la obra de valenciano Ignacio Pinazo (1849-1916), uno de los pintores mas lumínicos y mediterráneos del XIX , en cuyas escenas de playas, pescadores, o puestas de sol se advierte la cercanía con el impresionismo francés. Pero el indiscutible maestro de la escuela de Valencia es Joaquín Sorolla (1863-1923), al que podemos calificar como el gran pintor español del mar. En su obra se advierte la asimilación de todos los estilos y tendencias pictóricas de su época. Nacido y crecido a la orilla del Mare Nostrum, supo plasmar temas sociales como el reflejado en Y luego dicen que el pescado es caro... o temas lúdicos como los de sus veraneantes tomando el baño en las playas. La esplendorosa luminosidad mediterránea de Sorolla tiene su contrapunto en los cielos plomizos del Cantábrico de Luís Menéndez Pidal (1864-1932). Con sus ocho óleos del Poema del Atlántico, el canario Néstor alcanza la cúspide de su obra, lo que produjo se le conociera como poeta del color y mitólogo del océano. Los frescos que aparecen en el muro del Monasterio de la Rábida, representando escenas del Descubrimiento de América son una incursión importante de Daniel Vázquez Díaz (1882-1969) a los hechos de mar. En salvador Dalí el océano es una constante: se trata de un mar distinto y original, pleno de de dimensión decorativa, utilizado para proporcionar a su obra dimensión, hondura y profundidad, como en La madona de Port Lligat; o interpretando un sueño tal como ocurre en Salvador Dalí levantando la superficie del mar, a cuya sombra descansa un perro. Los temas marineros siguen siendo, hoy día, algo reciente en nuestra pintura. El Museo Naval madrileño representa una llamada de atención a su hermano mayor y vecino del Prado, que permanece tan carente de agua de mar en sus salas, como sobrecargado de frailes y santos. Los hombres del botón de ancla mantienen, con su obra pictórica, el recuerdo vivo del piélago como camino por el que España llegó lejos. En el panorama artístico actual relucen cuatro marinos: de una parte Antonio Molins y Guillermo González Aledo, no hace mucho fallecidos, y de otra Esteban Arriaga y Juan Garcés que siguen dándole al pincel. Acuarelistas los dos primeros: Molins volcó su obra para dejarnos, fundamentalmente, testimonio de nuestros barcos de pesca, puertos y riberas, sin olvidar a los buques y escenas cotidianas de nuestra Armada; la obra de Aledo está totalmente impregnada del gris naval, a través de la que ha confeccionado un catálogo exhaustivo de nuestras naves de guerra contemporáneas y parte de la flota mercante. Mar y velas sobresalen en los óleos de Arriaga: mar convertido en olas de todo tamaño, sin más compañía en los cuadros que los distintos tonos de azul del cielo; y blanco de las velas de las grandes regatas, de los veleros arribando a Málaga, o del Juan Sebastián Elcano surcando los siete mares. Y Garcés, en solitario, rompiendo todos los esquemas con su surrealismo, quedándose con la mar llana, a lo sumo con la marejada, plasmadas en distintos tonos de gris; pintando con exquisito humor sargentos y almirantes amostachados, veleros, damas o vírgenes tocadas con gorro de marinero; y jugando siempre con colores vivos, fuertes y contrastados. RETRATOS DE BARCOS Y MARINOS Dentro de la pintura marítima tenemos la de los retratos de barcos, en los que la representación del buque es el elemento que condiciona la obra, mientras que la mar le sirve como soporte. En el retrato predomina la técnica, el dibujo y, como elemento fundamental, la arquitectura naval. Se le ha considerado como un género menor, cuyo objetivo es plasmar una imagen lo mas exacta posible de una determinada nave, normalmente como consecuencia del encargo de su naviero o capitán. Los primeros retratos de barcos aparecen en el siglo XVII, y los famosos Van de Velde pueden considerarse, en algunos aspectos, como los mejores retratistas del mundo. La especialidad comenzó a verse algo a mediados del siglo XVIII, y tuvo su apogeo en la centuria siguiente, con el desarrollo de la navegación a vapor. La mayoría de artistas procedía de marinos retirados y pintores menores con experiencia de mar que ofrecían su obra por las tabernas de los puertos. Si bien el mundillo empezó a profesionalizarse en el Mediterráneo, donde fueron muy conocidos Corsini, Polli, los Luzro y, sobre todo, la familia Roux en Marsella y José Pineda en Barcelona, en los países nórdicos abundó la pintura de barcos, destacando Morgensen y Seboy. Gran Bretaña, con la Marina mas importante del mundo, fue también cuna de retratistas como Huggins, Walters, Ward, Clark o Condy. En América tuvo mucho renombre Antón Jacobsen; siendo los temas favoritos de los americanos los clípers y balleneros. El Museo marítimo de Barcelona cuenta con una importante colección de éste tipo de cuadros, sobre todo de veleros ochocentistas obra de extranjeros como Arnold o Evans, o españoles como Mongay y Pineda. La producción de éste último, el retratista español por antonomasia, a través de sus mas de 3.000 cuadros, puede considerarse como toda una enciclopedia sobre maniobra y aparejos. En éste recorrido por la pintura no podíamos dejar a un lado la referida a los retratos de los hombres de mar, que son los grandes protagonistas de la historia marítima. Desde la mitad del siglo XV se asiste en Occidente a un desarrollo del retrato, siendo los dos polos de éste Holanda e Italia, y a partir de aquí no queda ningún hombre extraordinario cuya imagen no pase al lienzo de la mano de los artistas de la época. Así tenemos que, ciñéndonos a España el de Cristóbal Colón de autor anónimo, que existe en la Biblioteca Nacional, o el de Juan de Austria de Alonso Sánchez Coello expuesto en el Museo Naval de Madrid son el prólogo de una importante colección a la que siguen, entre muchos otros: en el siglo XVIII pomposos de políticos como el Marqués de la Ensenada; pormenorizados en el detalle como el del capitán de navío Martín Fernández de Navarrete de Bernardo López Piquer; sobrios cual el que pintó Antonio María Esquivel de Ruiz de Apodaca; o los que en el siglo XIX entran en pugna con la fotografía regresando al retrato subjetivo, que fueron llenando las salas de museos, organismos y corporaciones. Los pintores que: con sus pinceles trazaron sobre un ánfora la silueta de una nave griega; pintaron sobre el lienzo la luz de un faro proyectándose en la noche de tormenta; o plasmaron en una acuarela las tranquilas aguas de una playa mediterránea, han creado con su pintura escenarios para que, quienes vivimos lejos del mar, podamos transitar por muelles, cubiertas, o sumergirnos bajo el piélago, cuando visitamos nuestras pinacotecas o, simplemente, al levantar la vista y dirigirla hacia la pared de nuestros cuartos de estar. Por todo ello: en nombre de nuestros ojos y nuestras almas, ¡Gracias!.
|