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ANTÓN LUACES
Noroeste de Galicia. El cielo amenaza lluvia y la lluvia, en efecto, hace su aparición. La mar, gris. Los barcos, fondeados o atracados. Sus armadores y tripulantes, en tierra. Y en los bares de la zona, un exclusivo comentario: "Parecemos pueblos de delincuentes". La frase va acompañada de una mirada ¿furtiva? a la mar, porque hay un cierto miedo. Mejor, un cabreo contenido. Hay quien dice que está asustado de tanta y tan continuada presencia de la Guardia Civil del Mar, del Servizo de Gardacostas, de la Unidad de la Policía Autonómica, en el pueblo. Asusta, sí, porque antes era la Guardia Civil del puesto local y, de vez en cuando, los inspectores de Pesca de la Consellería; pero ahora, aclaran, "es que parece que, por culpa de una panda de furtivos, todos los marineros del pueblo y de todos los pueblos costeros de Galicia somos ladrones".
La Consellería do Mar lleva a cabo un servicio de inspección a fondo para el que se coordinan los medios propios (Servizo de Gardacostas) y los que corresponden a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Y, claro, de repente, el número de vecinos de las localidades marineras se incrementa notablemente con tantos y tan diversos uniformes. Inspeccionan los fondeaderos, inspeccionan las artes caladas, izan los muertos de los aparejos y, no contentos con esto, incluso utilizan buceadores para, en la línea de atraque de las embarcaciones, comprobar si hay "lotes" fondeados de marisco, pulpo, etc.
"Atende, visiño: é serto que hai quen rouba, quen pesca onde non debe e máis do que debe; pero, carallo, que vaian por eles, que en cada pobo todos sabemos quen son. E, sobre todo, que vaian aos que lles compran o producto do furtivismo. Tamén sabemos todos quen son. Pero, machiño, ver que o peiral está tomado polos homes de Harrelson é moito maneo de Dios... Que teñan un pouco de sentidiño e que non nos traten, carallo, como si foramos narcotraficantes, que aquí non hai Oubiñas nin Carballos, que nós vivimos do que o mar nos da na leghalidade. Somos leghales, non chourisos. E xa temos abondo cos presios do polbo, que non supera os dous euros o quilo por moito que relees. Así non compensa sair ao mar. Malos presios e ghuardia sivil a maso. Pero nós que somos, Al Capone ou que?".
Es el comentario espontáneo de alguien de las Rías Baixas. Es el pensamiento de cualquiera de las Baixas, de las Altas y de las Medias, porque hay para todos. Se decomisan capturas que no se justifican, se incautan artes ilegales, tablas, raños, trajes de neopreno, se incoan expedientes y se redactan actas de infracción; pero el coronel ya tiene quien le escriba y se mantiene (tranquilo, sereno, señor) en su sofá, un vaso con güisqui con hielo en la mano y la mirada en la pantalla de 42 pulgadas de un televisor de buena marca en un mueble modular de último diseño. A él no le van a inspeccionar nada. Ni siquiera las cuentas. Pero él (el señor, el sereno y tranquilo, el que no duda en invitar a la boda de su hija a las autoridades locales) sabe que está inmunizado, que los virus y bacterias propios de uniformes de distintos tonos azules y otros de color verde, nada pueden contra la vacuna de la amistad, el consentimiento y el mirar para otro lado.
Es lo que hay, dicen, y preparan la gran evasión: tomar el portante, volver a la maleta y poner rumbo a Europa. Que pesquen ellos; que marisqueen los otros, que los de casa se van. El incremento del IVA para ellos.
"Ai non, ché; non pagha a pena andar así ao mar... Penso que estaban máis tranquilos en Dodge City, cando os cowboys se enleaban a tiros os uns cos outros. Aquí non hai tiros, sertamente, mais o sheriff e os rangers patrullan de carallo no mar a ver se hai indios arapahoes ou comanches...".
Ahora que el indio de la coruñesa avenida de La Marina se ha ido a las verdes praderas de Manitú.
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