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Luis Mollà
La noticia no le hubiera causado mayor impacto si no fuera porque aquel día Lugo era el responsable del telégrafo del puerto de La Habana, y esa noche los tripulantes del vapor "Montevideo", fondeado frente al castillo del Morro de la capital cubana, escucharon repetidamente el aullido desgarrador de la sirena de un barco reclamando el auxilio del práctico para entrar en puerto sin otra respuesta que el rugido del viento.
Como resultado de sus pesquisas, la periodista alcanzó a saber que aquella noche se esperaba la llegada a La Habana de un vapor español que nunca se presentó y que aparecería diez días después hundido frente a la costa de Florida, cerca de Cayo Hueso, en un área denominada “The Quicksands”, literalmente, “Las Arenas Movedizas”, una zona de dunas coralíferas conocidas por su extraordinario poder de succión.
Su investigación no llegó más lejos debido, principalmente, a que chocó con la hermética administración de la Marina de los Estados Unidos, que únicamente le proporcionó el dato de que el barco desaparecido fue encontrado por un torpedero cuyo comandante, el alférez de navío Roberts, se topó con unas estructuras metálicas que sobresalían del mar y, poniéndose un traje de buzo, descendió por la borda del barco hundido hasta acariciar a la altura del puente unas grandes letras de bronce inmaculadamente pulidas en las que podía leerse el nombre del buque: "Valbanera"…
Desde sus primeros días el "Valbanera" tuvo fama de barco maldito. Se dice que era el preferido de sus propietarios, los Pinillos, que siendo originarios de La Rioja quisieron distinguirlo con el nombre de la Virgen de Valvanera, patrona de su tierra. Sin embargo, el descuido de un escribiente causó que fuera bautizado por error como "Valbanera", y con este estigma que lo marcó desde su botadura navegó el desgraciado vapor hasta el último de sus días.
Tragedia a bordo
En 1919 la gripe española había causado más de 50 millones de muertos en el mundo. Fueron muchos los buques que quedaron fondeados en cuarentena, incluido alguno de Pinillos, pero no el "Valbanera", para el que el destino reservaba una desgracia considerablemente más trágica.
A pesar de que su capacidad se limitaba a 1.200 pasajeros, obligados por las circunstancias económicas, en julio de ese año el buque regresaba de Cuba con 1.600 personas a bordo, la mayor parte desparramadas por las cubiertas en unas condiciones de habitabilidad infames; el calor y la mala alimentación hicieron el resto. Los 16 días de travesía resultaron una prueba demasiado dura para los más débiles que, conforme iban muriendo, eran arrojados al mar.
A la llegada a Las Palmas, una madre lloraba desconsolada la pérdida de sus cinco hijos. La prensa no tardó en hacerse eco del desastre y la naviera reaccionó relevando al capitán. Poco después se hacía cargo del buque un nuevo oficial: Ramón Martín, un gaditano de 34 años. A pesar de su experiencia contrastada al mando de otros buques, algunos lo veían demasiado joven para asumir la enorme responsabilidad de un trasatlántico, pero la mayoría prefirió pasar página. Cuanto antes quedara atrás el escándalo, mejor. Después de todo nadie pensaba que las cosas pudieran ir a peor.
Con el estigma de las muertes habidas en su cubierta tres semanas atrás, el "Valbanera" zarpó de Barcelona el 10 de agosto de 1919 al mando de su nuevo capitán, el cual se mostraba ansioso por dejar atrás los muelles de Pinillos que en los últimos días se habían visto invadidos por la incómoda prensa, meticulosos inspectores de sanidad y molestos directivos de la compañía.
Tras tocar en Málaga y en Cádiz sin novedades destacables, el buque arribó a las Palmas, donde tuvo lugar un incidente que terminó de instalar el recelo a bordo. Una mujer, Paula Zumalave, se disponía a embarcar con sus cuatro hijos para viajar a Cuba a reunirse con su marido, pero la pequeña Ana, de sólo cinco años, se negaba a subir a bordo presa de un ataque de histeria sin dejar de gritar que el barco se iba a hundir. Un mal presagio para una compañía que acababa de perder dos de sus mejores barcos y casi un millar de personas sumando ambas desgracias.
Y los tripulantes supervivientes, embarcados en el "Valbanera", no ayudaban a mejorar las expectativas con su rostro serio y circunspecto, sobre todo a partir de que un viejo contramaestre murmurara entre dientes que cuando la caprichosa mar escoge a alguien difícilmente escapa a sus garras. El comentario circuló de boca en boca y un sentimiento de fatalidad impregnó el buque como el húmedo rocío de la mañana, más aún cuando pasajeros y tripulación vieron desembarcar en Tenerife a la propia mujer del capitán.
Malos presagios
El 21 de agosto la motonave se disponía a zarpar del puerto de Santa Cruz de la Palma, última escala nacional. Un grillete de la cadena falló y el ancla quedó sumergida en el fango del muelle. No era una pérdida grave ya que el ancla podía sustituirse por otra de repuesto, pero el carácter supersticioso de los marineros hizo que el tránsito hasta el otro lado del Atlántico transcurriera sin que se escuchara una sola voz a bordo ni mucho menos se vislumbrara una sonrisa.
A la llegada a Santiago de Cuba, la tensión debía haber alcanzado cotas insoportables, pues 742 pasajeros con billete hasta La Habana decidieron desembarcar en la ciudad. El "Valbanera" no era un buque lujoso, el retrato robot de sus pasajeros era el de un emigrante que se dejaba en el pasaje los ahorros de una vida de sacrificios en busca de otra menos afligida.
Se dijo que los desembarcados tenían contrato de trabajo en una localidad más próxima a Santiago que a la capital, pero quién sabe hasta qué punto pudo influir el hecho de que la señora Zumalave, cuyo marido la esperaba en La Habana, decidiera también desembarcar en Santiago tirando de su hija Ana, que descendió la pasarela llorando y sin parar de repetir que el barco se iba a hundir. En todo caso, aliviado por el desembarco de tan incómoda pasajera, en capitán Martin puso proa a La Habana con 488 personas a bordo. La meteorología era entonces una ciencia basada en la observación, quizás por ese motivo no supo interpretar los signos de un tifón en formación…
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