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OPINIÓN/ MIRADA AL MUNDO XIM
JAVIER FERNÁNDEZ ARRIBAS JOSÉ MARÍA ORTUÑO SÁNCHEZ-PEDREÑO/
En 1739 estalla la guerra entre Inglaterra y España, conocida como de la oreja de Jenkins. Las dos potencias tenían desde tiempo atrás rivalidades comerciales, pero la causa directa del conflicto bélico fue un suceso acaecido cerca de la costa de Florida: el capitán español de una nave que vigilaba las costas, Juan León Fandiño, intercepta un navío inglés, el Rebbeca, bajo el mando de Robert Jenkins, un contrabandista. El capitán español ordenó a su tripulación que cortaran la oreja de Jenkins. Después mandó liberarle con el siguiente mensaje: «Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve».
Este incidente levantó las iras de los ingleses y tuvo como consecuencia que el Gobierno de Inglaterra, presidido por Walpole, declarara la guerra a España, llevado a ello, en buena parte, por la opinión pública inglesa y por los comerciantes londinenses, que estaban deseosos de abrir nuevos mercados. Las pretensiones inglesas pasaban por asestar un golpe definitivo y humillante a los españoles, arrebatándoles puntos clave de sus posesiones americanas.
Como destaca magistralmente Marco A. Gandarillas, el 13 de marzo de 1741 apareció por Punta Canoa, poniendo en vilo a la ciudad de Cartagena de Indias, la mayor flota de guerra que jamás surcara los mares hasta el desembarco de Normandía, muy superior a la Armada Invencible que Felipe II había enviado a Inglaterra en 1588 (compuesta ésta por 126 navíos). La expedición punitiva inglesa estaba integrada nada menos que por 186 buques de guerra y transporte, en los que se distribuían 10.000 soldados de asalto, 12.600 marineros y 1.000 macheteros jamaicanos. Estos efectivos estaban apoyados por 2.620 piezas de artillería. La flota está dirigida por el almirante Sir Edward Vernon. En la expedición inglesa vienen 4.000 reclutas de Virginia, bajo las órdenes de Lawrence Washington, pariente muy próximo de George Washington.
Para luchar contra esta gran armada, el Comandante General de Cartagena de Indias, el General de armada Blas de Lezo, -nacido en Pasajes en 1689-, viejo lobo de mar que había participado en 22 batallas y expediciones navales perdiendo la pierna y el ojo izquierdo en Málaga y Toulon y al que le había quedado lisiada la mano derecha en Barcelona, apenas contaba con 2.230 soldados más 600 arqueros indios traídos del interior y los marineros de las seis únicas naves españolas que defendían la ciudad: el Galicia (la nao capitana), el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador.
El almirante inglés Vernon despliega su flota bloqueando la entrada al puerto y ordena desembarcar tropas y artillería. La situación se ve tan negra desde el lado español, que muchos habitantes de Cartagena huyen de la ciudad. Vernon da la orden de cañonear incesantemente el castillo de San Luis de Bocachica, disparando sus naves 62 cañonazos por hora. El castillo está defendido por 500 hombres al mando del Coronel español Des Naux. Blas de Lezo coloca cuatro de sus naves en el interior de la bahía y cerca del castillo para apoyarlo con sus cañones. La defensa de este castillo fue heroica, luchando Lezo y Des Naux en primera fila, pero los españoles han de abandonarlo ante la inmensa superioridad inglesa.
Lezo y sus oficiales optan por replegarse y hacerse fuertes en el castillo de San Felipe de Barajas, no intentando siquiera la defensa del Castillo de Bocagrande. Un regimiento de norteamericanos, al mando de Lawrence Washington, tomó la colina de la Popa, abandonada ya por los españoles y cercana al castillo de San Felipe.
Vernon entra triunfante en la bahía con su buque almirante con las banderas desplegadas y el estandarte de General en Jefe, escoltado por dos fragatas. Dando la victoria inglesa por hecha, despacha un correo a Jamaica, ya colonia inglesa, y a Inglaterra anunciando la victoria. Después ordena el desembarco de la artillería, que empieza a cañonear sin piedad el castillo de San Felipe al igual que ya se hacía desde las naves inglesas.
Las fuerzas españolas del castillo la formaban 600 hombres. Fue una defensa numantina. La noche del 19 al 20 de abril los ingleses lanzaron el ataque que creían definitivo, dirigidas las fuerzas de infantería inglesas por el General Woork. Aprovechándose de la oscuridad avanzan tres columnas de granaderos, varias compañías de soldados y los macheteros jamaicanos. Como indica Marco Gandarillas, «su progresión es lenta por el pesado equipo de guerra que transportan y por el fuego desde las trincheras y lo alto de la fortaleza». La incursión inglesa tiene que detenerse ante las murallas del castillo porque las escaleras para subirlas son demasiado cortas. Los atacantes quedan aturdidos, lo que es aprovechado por los españoles para arreciar en su certero fuego desde lo alto, originando enormes bajas en las filas inglesas.
Al amanecer, los españoles pueden ver desde lo alto de las murallas de su castillo un macabro espectáculo de muertos, mutilados y heridos alrededor de su fortaleza. Los 600 españoles cargan entonces con bayoneta, consiguiendo que los ingleses huyan desordenadamente, perdiendo cientos de hombres y todo su material bélico. Los ingleses continuarán bombardeando Cartagena de Indias y el castillo de San Felipe durante treinta días más, pero el cólera y el escorbuto provocan una mortalidad espantosa, flotando en la bahía cientos de cadáveres ingleses.
Al fin, los ingleses asumen su derrota. Los que sobreviven a la hecatombe son llevados a los barcos y la armada deja de cañonear Cartagena y regresa a Jamaica. Cada barco inglés es un hospital. En Inglaterra tardan en conocer la enorme derrota. Mientras se desconoce ésta, se acuñan medallas en Londres creyendo en la victoria inglesa. En una de ellas aparece Blas de Lezo, con dos piernas y dos ojos para ocultar que era un lisiado, de rodillas ante Vernon, leyéndose «la arrogancia española vencida por el almirante Vernon», convirtiéndose dicha medalla en un escarnio perpetuo para el arrogante marino inglés.
Afirma Pablo Victoria, en su libro «El día que España derrotó a Inglaterra», que la derrota inglesa fue la mayor humillación que nación sufriera hasta entonces: las pérdidas humanas y materiales de los ingleses fueron inmensas y por ello escondió su derrota. Ocultó las medallas acuñadas con anterioridad al conocimiento de la derrota en la metrópoli inglesa y el Rey inglés, Jorge II, ordenó que no se escribiera sobre lo acontecido en Cartagena de Indias.
Como escribe Gustavo Vargas Martínez, de haber vencido los ingleses en Cartagena de Indias, la historia habría dado un vuelco para todos: la Gran Bretaña se hubiera hecho fuerte en Colombia y el norte y centro de América. La victoria española de 1741 aseguró por ochenta años más la hegemonía colonial de España en América y desalentó nuevas incursiones de Inglaterra.
Por su parte, Blas de Lezo quedó maltrecho tras los combates, muriendo poco después en un inexplicable olvido, aunque a título póstumo se le otorgó el marquesado de Ovieco. No obstante, la memoria de este marino quedó representada en diferentes navíos, como la fragata española que en la actualidad lleva su nombre y que participó, honrando la memoria de la marina española, en el homenaje que rindieron conjuntamente Francia, Inglaterra y España a los caídos en Trafalgar con motivo de haberse cumplido 300 años de esta última batalla.
José María Ortuño Sánchez-Pedreño es Doctor en Derecho La llegada de un nuevo año genera esperanzas y buenos deseos. En el mundo actual, el listón está tan bajo que bastaría con que no hubiera catástrofes naturales, el nivel de los dirigentes políticos adquiriera un mínimo de sentido de Estado, las multinacionales entendieran que no es sostenible su récord de ganancias anuales a costa de los miserables africanos, asiáticos o latinoamericanos y que el terrorismo no tenga ni un ápice de poder conseguir sus objetivos totalitarios.
Mucho nos tememos que en este año 2006, que es bienvenido por todos, no dejaremos de sufrir situaciones tan desastrosas como la del tsunami en el sudeste asiático, terremotos como el de Pakistán y, lo que debería servir como viga en el ojo propio, inundaciones como la de Nueva Orleans. A día de hoy, por mucho que temamos al terrorismo islamista, a la amenaza de la carrera nuclear de Irán y Corea del Norte, a los intereses particulares de la administración Bush o al precio del petróleo, lo que realmente representa una amenaza para la estabilidad internacional es el estado del medio ambiente en el planeta Tierra y el incremento de la pobreza, la desesperación y el sida en África y Asia.
Estamos acabando con un mínimo equilibrio ecológico y la factura, que algunos pensaban iban a pagar sus nietos, ya se está cobrando en distintas partes del mundo. Y no sólo la pagan los pobres de los países más desfavorecidos, también lo hacen los pobres de la gran y ostentosa superpotencia norteamericana. Veremos si el 2006 permite un acuerdo con Estados Unidos sobre el protocolo de Kioto y otras medidas imprescindibles para evitar un cambio climático que está castigando a todos.
Las grandes decisiones geoestratégicas del año que comienza no tienen mucho que ver con cuestiones ideológicas y doctrinales, sino con el sentido común por parte de los más desarrollados para que ayuden activamente a los subdesarrollados. Sin embargo, el comercio mundial sigue con los mismos condicionantes de siempre pero con un elemento novedoso: los países emergentes como China, India o Brasil que pueden desnivelar la balanza que siempre favorece a los mismos.
Sequía, hambre, sida, explotación de las multinacionales farmacéuticas, África y Asia son bombas de relojería para occidente que recibe a millones de desesperados a los que no les importa dejarse la vida en una valla o en una patera con tal de alcanzar un futuro digno. Por cierto, esperemos que en 2006 el descrédito de la administración Bush no le impida tomar decisiones acertadas sobre Irak, Oriente Próximo y la estabilidad internacional.
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